Muestra de la obra

En esta sección encontraréis una muestra de La máquina de escribir, concretamente dos capítulo: el prólogo (o capítulo 0) y el capítulo 1.

Podéis leerlos directamente aquí, en el blog, o descargarlos en el siguiente archivo: La máquina de escribir – Ricardo Borrero Gavilán – Prólogo y Capítulo 1

Espero que os guste y os enganche.

Prólogo (Capítulo 0)

Hace mucho, mucho tiempo, en algún lugar próximo a la costa occidental de lo que hoy se conoce como África…

El suelo llevaba temblando unos cinco minutos y la intensidad con la que lo hacía iba creciendo progresivamente. Bohrtus había salido al patio de su vivienda para intentar averiguar lo que estaba pasando. Nunca en sus veintidós años de vida había experimentado una sensación como aquella. La tierra bajo sus pies se mecía con una incesante frecuencia que hacía que todos los músculos de su cuerpo se tensaran. Aquel sinuoso movimiento le provocaba una cierta sensación de mareo, como el que padecen los neófitos navegantes en sus primeros días en la mar, a pesar de sus más que demostradas dotes como marino. Sus animales llevaban inquietos toda la noche y ahora ya no paraban de hacer ruidos, casi como gritando por un auxilio inalcanzable ante un inminente desastre.

De repente, alguien conocido apareció en la puerta de entrada de su casa. Era Sochris, su maestro; y en su envejecido rostro no había ni un solo ápice de la habitual tranquilidad que lo caracterizaba. La tensión de su semblante casaba a la perfección con las concisas y extrañas instrucciones que contenía la nota que aquel mismo día por la tarde Borthus había recibido de manos de un emisario de confianza de su maestro.

– Bohrtus, cómo me alegro de verte – exclamó casi sin aliento.

– Dígame, maestro, ¿qué está ocurriendo? – preguntó Borthus con una clara expresión de miedo en su rostro, dibujada a raíz de comprobar el estado de ánimo de Sochris.

– No hay tiempo para explicaciones. Solo necesito que me escuches atentamente – dijo tajantemente el anciano. – ¿Has hecho lo que te pedí?

– Sí, por supuesto – respondió diligente Bohrtus. – Mi nave está preparada en el puerto, cargada con provisiones para varias semanas. Y tengo a cinco de mis mejores hombres listos para partir en ella en cuanto usted me lo diga.

– Bien, muchacho. Sabía que podía contar contigo – dijo Sochris algo más calmado, poniendo su mano derecha en el hombro de su discípulo en una clara señal de afecto y reconocimiento.

Bohrtus lo miraba fijamente con cara de asombro. Nunca antes había visto a su maestro tan excitado.

Sochris era uno de los Tres Grandes del consejo, y para Bohrtus había sido toda una suerte ser elegido como su pupilo. Hacía dos años que estaba bajo su tutela. Después de pasar quince años preparándose para formar parte del selecto grupo de alumnos de los tutores del consejo, aún le quedaban diez para completar su formación y conseguir el grado de consejero. Y luego puede que unos veinte más para alcanzar el nivel de su maestro. Pero ésa había sido su meta desde niño y estaba dispuesto a alcanzarla costase lo que costase. Lo cierto es que su acomodada posición social y los excelentes contactos de su padre lo hacían más que apto para lograr a la larga ese deseado grado, además de permitirle compaginar holgadamente sus estudios con su mayor afición: la mar. Y quizás fuera por esa afición y habilidad marina, unida al afecto que su maestro le tenía y a otras destacadas cualidades intrínsecas que poseía, por lo que Sochris lo había elegido a él para la peligrosa e importante misión que estaba a punto de encomendarle.

De pronto, una sacudida algo más fuerte de lo habitual hizo que ambos perdieran el equilibrio y cayeran al suelo. Bohrtus se incorporó rápidamente como pudo y asistió a su maestro, cuyos gastados huesos se encontraban en un estado demasiado delicado como para soportar caídas de ese estilo sin consecuencias graves.

– No hay tiempo, Bohrtus. No hay tiempo – dijo Sochris mientras Bohrtus lo levantaba. – Necesito que te vayas de aquí ya. Y necesito que te lleves esto contigo.

Sochris sacó algo de debajo de sus vestiduras y se lo entregó a Bohrtus. Era un paquete de aspecto no uniforme. instintivamente, Bohrtus se apresuró a abrirlo, sin preguntarse siquiera si su maestro aprobaría tal acción, y comenzó a desenvolver rápidamente el objeto. Sochris no dijo nada, mientras simplemente intentaba evitar que el movimiento de tierra no lo volviera a mandar al suelo. conforme le quitaba el envoltorio, Bohrtus notaba que el objeto desprendía una brillante luz blanca y, de hecho, no pudo llegar a quitarle toda la protección que tenía porque sus ojos no eran capaces de aguantar la intensidad lumínica que despedía. Pero sí notó que era metálico. – ¿Qué es, maestro? ¿Alguna nueva variedad de orichalcum? – preguntó curioso Bohrtus.

– No. Es un metal que nunca antes habías visto – dijo Sochris con misterio. – Y que nunca deberías haber tenido que ver.

Bohrtus estaba bastante sorprendido por las palabras de su maestro, pero no se cuestionó entonces el por qué de las mismas.

– Lo llamamos Mithcryral – continuó Sochris. – Y puede ser muy peligroso según en qué manos caiga.

– ¿Qué necesita entonces que haga con él, maestro? – inquirió Bohrtus comprendiendo la gravedad e importancia de lo que tenía entre las manos.

– Esconderlo. Bien oculto, donde nadie salvo tú pueda encontrarlo llegada la necesidad y el momento – respondió Sochris con sus blanquecinos ojos fijos en los del joven. – Vete ahora. Rápido. Y navega hacia el este. Cuando llegues a tierra, busca un lugar seguro y pasa lo más desapercibido que puedas. Si el destino así lo quiere, te encontraré o haré que te encuentren y te daré entonces nuevas instrucciones.

Bohrtus estaba asimilando todo aquello entre temblores y casi no podía articular palabra. Pero Sochris necesitaba que su joven discípulo partiera cuanto antes y no se expusiera al peligro que entonces suponía quedarse allí.

– ¿Lo harás? – dijo zarandeando el brazo de su discí- pulo, aunque con el movimiento de tierra, Bohrtus casi no percibió esta acción. – Necesito que lo hagas. Puede ser peligroso y quizás no tenga derecho a cargarte con esta responsabilidad, pero eres la única persona en la que confío y realmente necesito que hagas lo que te estoy pidiendo. Solamente debes saber que no estás solo en esto. Tú no eres el único.

Bohrtus pareció entonces salir de su ensimismamiento.

– Haré lo que me pedís, maestro – contestó firme y diligente, sin cuestionarse más por qué su maestro había aparecido en mitad de la noche en su casa, justo en medio de un inusual y violento movimiento de tierra, le había entregado ese trozo de reluciente metal y le había pedido que abandonara inmediatamente su hogar sin darle ninguna explicación más que la apremiante necesidad de que obedeciera sus órdenes.

– Gracias, mi fiel Bohrtus – dijo Sochris, algo más tranquilo al saber que había conseguido completar la parte de su plan que lo involucraba a él directamente. Ahora todo estaba en manos de su discípulo, pero él confiaba ciegamente en Bohrtus, más incluso que en sí mismo. – Confío en que si la historia es justa, muchos hablarán de ti en el futuro para contar la importancia de tus actos en este señalado día.

Bohrtus, en un acto que se saltaba todos los protocolos, se abalanzó hacia su maestro y lo abrazó. Sochris contuvo sus lágrimas como pudo y devolvió cariñosamente el abrazo a su querido discípulo.

– Ahora tengo que dejarte. He de ir al consejo – dijo Sochris reponiéndose e intentando mantener el equilibrio tras una nueva fuerte sacudida. – Buen viaje. Nos encontraremos en el futuro.

– Así lo espero, maestro. Así lo espero – contestó Bohrtus con una espontánea sonrisa que no se correspondía en absoluto con su mirada de desesperanza.

Cuando Sochris cruzó la puerta tambaleándose para marcharse, Bohrtus experimentó una extraña sensación que le recorrió la espalda y le erizó el vello. Sintió que aquella sería la última vez que vería a su maestro.

* * *

Treinta minutos después de haber zarpado, y con toda su tripulación ocupada en navegar hacia el este lo más rápido posible, Bohrtus observaba desde popa la dantesca visión que las fuerzas naturales desatadas por los dioses le ofrecían del que hasta ese día había sido su hogar.

Bohrtus no podía borrar de su mente las horribles imágenes que había presenciado en su camino hasta el puerto. Gente corriendo y gritando por todos lados. Construcciones derrumbadas. Muertos y heridos por doquier. Los suelos, rojos, teñidos con la sangre de inocentes. El caos en estado puro.

La multitud de embarcaciones que había en el puerto era espectacular. Por suerte, premonitoriamente y gracias a las instrucciones de su maestro, él había podido prepararlo todo durante la tarde y no tardó más que unos minutos en zarpar. Pero el caos en el muelle también era enorme. Ni siquiera él sabía cómo había logrado evitar que inocentes pero indeseados polizones se embarcaran en su nave sin permiso. Por suerte, contaba a bordo con cinco de sus mejores y más experimentados marinos, que habían conseguido mantener el fuerte a salvo y que se alegraron tanto al verlo aparecer en el muelle que casi no lo escucharon cuando les dio la orden de partir.

Desde la distancia, Bohrtus pudo observar el Templo y el edificio anexo donde el consejo mantenía sus sesiones y reuniones. Allí, en lo alto de la colina, todavía en pie. Y dentro seguramente estaría su maestro, Sochris, a quien tanto debía; entre otras cosas, su vida.

Parecía como si el anciano hubiera sabido de antemano lo que iba a ocurrir aquella horrible noche. Resultaba difícil de creer que todo aquello fuera simplemente fruto del azar. No podía tratarse de una mera coincidencia. Aunque era algo imposible, realmente parecía que Sochris hubiera podido ver el futuro. Bohrtus se aferraba con fuerza a la extravagante idea de que su maestro debía conocer de alguna manera lo que iba a pasar aquella noche, porque si no, cómo iba a ser capaz de tener tanta suerte como para solo adivinarlo. En cualquier caso, lo cierto era que Sochris había utilizado esa información, sea como fuere que la hubiera obtenido, para salvarlo a él. Lo había elegido a él para cumplir un objetivo que, aunque no llegaba a entender ni conocer completamente en todo su alcance, parecía ciertamente importante. Y, evidentemente, eso lo halagaba sobremanera.

En sus manos descansaba el legado que su maestro le había dejado, junto con la inherente misión que lo acompañaba. Bohrtus volvió entonces a intentar destaparlo para verlo y se percató de que el metal se había apagado un poco, ya no resultaba tan deslumbrante como la primera vez que lo había visto y, por consiguiente, pudo dedicar unos instantes a observarlo mejor. Era un trozo de esfera. Aparentemente, un tercio de esfera. un tercio de esfera de Mithcryral.

Plateado y hermoso. Perfecto en su forma. Y a la vez tan peligroso, según palabras de su maestro.

De repente se oyó un gran estruendo. Bohrtus volvió a cubrir el Mithcryral y miró al horizonte, comprobando horrorizado cómo la isla que acababa de abandonar se hundía en un estrépito engullida por las furiosas aguas del océano. Solo tardó unos minutos, pero la visión de aquel horror hubiera marcado a cualquiera de por vida. Pensó en su maestro, en sus amigos y en todos aquellos compatriotas que acababan de perecer en el peor desastre que nadie podía imaginar.

La isla de Atlantis, su hogar, acababa de desaparecer ante sus ojos y ya nunca volvería a aparecer ante los de nadie.

De repente, el mar enfurecido comenzó a rugir con inusitada fuerza. El efecto de la isla al hundirse había provocado una honda expansiva en las aguas y una enorme ola se acercaba a su nave, creciendo a cada metro que avanzaba y echando espuma por la boca como un perro rabioso.

Bohrtus se aferró con fuerza al trozo de metal, el Mithcryral, que su maestro le había confiado. Era casi imposible sobrevivir a aquella gigantesca ola que avanzaba incesante hacia su embarcación con la única intención de engullir todo lo que encontrara a su paso. Aquello era el fin.

De los ojos de Bohrtus brotaron unas pocas lágrimas que él casi no notó debido a que éstas se fundieron rápidamente con las gotas de agua salada que acompañaban al fuerte viento que azotaba su rostro.

Bohrtus solo podía pensar entonces en una cosa: ya nunca iba a poder cumplir los deseos de su maestro.

Capítulo 1

Año 2010 d.C.

– ¿Cuándo vas a venir a verme? – le preguntó por teléfono John Sword a su hijo con ese tono más de orden que de duda que suelen usar algunos progenitores con su descendencia.

– Pues la verdad es que pensaba visitarte este fin de semana y contarte las peripecias de mi último viaje – contestó Dick intentando que no se notara demasiado lo improvisado de su respuesta.

– ¿Dónde has estado esta vez?

– En Roma, ¿no recuerdas que te lo comenté antes de irme hace unos diez días?

– Sí, es verdad. Bueno, por lo menos te has ahorrado el hacer fotos para enseñar la ciudad a la vuelta, ¿o acaso ha cambiado mucho Roma desde la última vez que fuiste?

– Pues la verdad es que no, Roma sigue tan bonita como siempre – dijo Dick con cierta nostalgia, ya que realmente disfrutaba sus estancias en la capital italiana.

– ¿Cuándo estuviste allí por última vez? Fue en noviembre, ¿no?

– Sí, en noviembre. Pero esta vez he estado allí menos tiempo.

Dick se percató de que la conversación había llegado a ese punto en el que prácticamente ya no quedaba nada por decir e intentó pensar algo con lo que acabar de una forma suave. Tenía prisa por colgar. No es que le molestara hablar con su padre, pero tampoco se le ocurría nada más que contarle y empezaba a sentirse incómodo. Lo cierto es que tampoco tenía ninguna otra cosa que hacer y quizás le hubiera venido bien un poco de charla, pero en ese momento su cuerpo le pedía que colgase y se sentara en el sofá a pelearse con el mando a distancia del televisor, así que dijo:

– Bueno, papá, ya nos vemos el sábado.

Más tarde se sentiría mal por aquello. casi dos semanas sin intercambiar palabra con él, y ahora que su padre lo llamaba lo único que quería era colgar. Sabía que su padre era una persona solitaria, igual que él, pero también sabía que de vez en cuanto necesitaba desahogarse hablando con alguien, sobre todo a raíz de la muerte de su esposa, que era la que había estado escuchándolo y compartiendo sus silencios durante veintiocho años. ¿Por qué será que uno suele valorar más a las personas cuando ya se han ido? ¿Por qué existe ese sentimiento de arrepentimiento por algo que hicimos o no hicimos por alguien mientras estaba con nosotros? Muchas veces Dick pensaba esto y se acordaba de su padre y de cómo siempre decía que ojalá hubiera hablado más con su madre; que se fue y que a él le faltaron cosas por decirle.

– De acuerdo… nos veremos el sábado – dijo John con notable resignación.

Su tono era el de un hombre agotado. Parecía que le estuviese hablando con la mirada perdida, como pensando en otra cosa.

– ¿Te ocurre algo, papá? – preguntó Dick entonces con verdadero interés.

– No, nada… verás, es solo que tengo ganas de verte – dijo en un tono más bajo y pausado. – Adiós.

Y colgó rápidamente.

Todavía con el auricular apoyado en la oreja, Dick empezó a sentirse mal por aquella conversación telefónica tan impersonal; aunque, de algún modo, todas las conversaciones telefónicas lo son. Hacía más de un mes que no veía a su padre y, a pesar de que eso no se salía de lo normal, le pareció por el tono de su voz que esta vez su padre realmente necesitaba verlo a él. Lo había notado cansado y viejo.

En su cabeza comenzó a tomar forma la idea de ir en ese mismo momento a casa de su padre a cenar y charlar con él un rato. quizás verían el partido o una vieja película en el video, y se hizo prometer que no miraría el reloj continuamente como si a la mañana siguiente tuviera una reunión importante a primera hora. Lo cierto es que tenía libres los dos siguientes días. Era martes por la tarde y hasta el sábado quedaban cuatro largos días. Y en ese momento, le entraron muchas ganas de ver a su padre.

– ¡Qué diablos! – pensó. – Solo hay una hora y media de camino. Le daré una sorpresa.

Colgó el teléfono, se puso el abrigo y cogió las llaves de su coche.

A pesar de las curvas cerradas del camino, las ruedas se adaptaban perfectamente a cada una de las irregularidades de la vieja carretera. Dick iba tan abstraído en sus pensamientos que casi podía decirse que el coche lo llevaba a él y no al revés. iba pensando en el día que sus padres y él se habían mudado a aquella casa. Era el día de su decimoprimer cumpleaños y, a diferencia de otros niños a los que un cambio de ciudad y de entorno suponen un trauma, para Dick, introvertido y acostumbrado desde siempre a la soledad de ser hijo único, el cambiar de colegio y compañeros no suponía ningún inconveniente; es más, le daba la oportunidad de descubrir cosas nuevas. De hecho, por aquel entonces, su perro Max era su mejor amigo. Recordaba que ese día sus padres habían preparado para él un maravilloso regalo y lo habían dejado en el porche del que iba a convertirse en su nuevo hogar, pensando que así el nuevo comienzo sería más fácil para Dick. Cuando Dick vio la bicicleta SpeedSport con claxon, faro y unos adornos en rojo y negro en la parte del manillar no pudo contener la emoción y casi dudó que aquella maravilla mecánica estuviera allí solo para él, esperándolo. Era el mejor regalo que un niño de su edad podía recibir. cuando montó en ella por primera vez, tras más de media hora observando todos y cada uno de sus detalles como si fuera una pieza de museo, la felicidad lo envolvió completamente y, por suerte, Dick podía perfectamente decir que de forma general siguió siendo así hasta el día en que se marchó de esa casa para ir a la universidad.

* * *

El timbre de la puerta de entrada sonó bastante fuerte, pero nada pareció moverse en el interior. Dejó pasar unos segundos e insistió con su llamada. Está vez, Dick sí oyó unos pasos que se acercaban con relativa agilidad hacia la puerta.

Cuando ésta se abrió produciendo un leve chirrido, dejó al descubierto la imagen de un hombre en bata y con unas horribles zapatillas gastadas. John hacía más de dos días que no se había afeitado y la barba, blanca en la mayor parte de su rostro, asomaba por su piel como las púas de un cactus. Unas prominentes ojeras adornaban la parte baja de unos ojos que reflejaban una vida llena de experiencia y de trabajo, mucho trabajo, con tantos momentos amargos como dulces, y con una mirada en la que la esperanza se había desvanecido casi por completo. La piel de su cara se estiró cuando sonrió al ver a su hijo en el recibidor de su casa.

– ¡Pero bueno…! ¿qué haces aquí? – preguntó con una mezcla de sorpresa y alegría.

– Pues ya ves – dijo Dick mientras abrazaba con fuerza a su progenitor. – Estaba aburrido y me he dicho que hasta el sábado todavía quedaba mucho, así que he decidido venir a ver a mi padre favorito.

Su padre lo miró de reojo mientras se daba la vuelta para dirigirse al salón. No le hacían gracia ese tipo de comentarios, pero estaba demasiado contento de ver a su hijo como para hacerle ninguna observación al respecto.

– Cierra despacio. Las bisagras de esa puerta tienen casi más años que yo. Bueno, lo cierto es que toda la casa necesita una buena puesta a punto…, pero yo ya estoy muy viejo para hacer todas esas chapuzas – le dijo a su hijo mientras caminaba lentamente y arrastrando los pies por el pasillo.

John Sword era un hombre de estatura mediana y complexión normal. Durante sus 65 años de vida siempre había sido bastante introvertido y normalmente solo hablaba si realmente tenía algo que decir. Su relación con su esposa siempre fue cordial. Dick recordaba muy pocas peleas en su casa.

En cuanto a Dick, nunca sintió que necesitara más cariño ni comprensión por parte de sus padres. Su infancia fue tranquila, bastante normal. Es cierto que durante los años de su adolescencia había tenido algunos roces con su padre, pero ninguno significativo. cuando empezó a ir a la universidad se distanció poco a poco de sus padres y, aunque nunca dejó de telefonearlos al menos una vez a la semana, éstos empezaron a sorprenderle cada vez que los visitaba con pequeños detalles que no recordaba haber notado antes. ¿Había olvidado a sus padres, cómo eran y qué les gustaba? ¿O ellos habían cambiado y él no había estado allí para apreciarlo? Eso tampoco supuso un problema para él, pero si fue la señal de que se independizaba del todo, de que cada vez los necesitaba menos y de que cada vez formaba menos parte de sus vidas. A partir de entonces, su relación con su padre había sido muy buena, se olvidaron las pequeñas peleas de pubertad y, según John, Dick maduró, fortaleciendo de alguna extraña manera su relación en la distancia.

Cuando su madre murió, Dick se dio cuenta de que su padre lo necesitaba más que antes, aunque John tratara por todos los medios de evitar dar esa impresión. Y por esto Dick trataba de visitarlo regularmente, bastante más a menudo que cuando vivía su madre, cosa que también se reprochaba internamente.

Al llegar al salón, Dick reconoció el olor de la habitación. Un olor mezcla de tabaco de pipa y café muy cargado, que eran los únicos vicios que le conocía a su padre. En principio, tenía en mente invitarlo a comer fuera y luego regresar a casa y charlar un rato, pero viendo la indumentaria y el estado de ánimo de su padre, prefirió dejarlo pasar. quizás prepararía algo rápido para los dos o encargaría algo de cena por teléfono, pizza o comida china.

– Siéntate. ¿Te apetece algo? – le preguntó John mientras se quedaba de pie al lado de la mesa esperando que su hijo le hiciera ir a buscar algo a la cocina.

– No, gracias. Sentémonos los dos – respondió Dick.

Ambos se sentaron en la pequeña mesa cuadrada situada justo en medio de la habitación. Las sillas estaban dispuestas una enfrente de la otra, así que se sentaron cara a cara. Parecía que fueran a jugar una partida de póquer, por su posición en la mesa y por las expresiones de sus caras, serias y pensativas. Después de un momento de silencio, Dick habló.

– La verdad es que he venido porque te he notado un poco raro por teléfono y supuse que te vendría bien hablar con alguien… y, de hecho, a mí también me vendría bien. Últimamente no he “hablado de verdad” con nadie.

La mirada de John se vino abajo mientras éste meditaba si contarle o no a su hijo la verdad que lo atormentaba. Al cabo de unos segundos, levantó de nuevo la cabeza, con decisión pero con unos ojos en los que se percibía claramente un extraño aire de tristeza y cansancio que comenzaba a preocupar seriamente a Dick.

– El otro día estuve en el médico.

Justo después de oír la palabra médico, a Dick se le vino el mundo encima. No había que ser muy listo para darse cuenta de que su padre no iba a darle buenas noticias. Nadie comienza una historia con las palabras “El otro día estuve en el médico” y ésta termina siendo un cuento con final feliz; salvo que la historia te la cuente una mujer embarazada, y, evidentemente, el padre de Dick no era mujer y, por mucho que hubiera avanzado la ciencia en los últimos años, no creía posible que estuviera embarazado.

John, que notó en seguida el cambio que sus palabras habían producido en el rostro de su hijo, continuó casi sin pensarlo mucho.

– Parece que no todo en mi viejo cuerpo anda todo lo bien que debiera.

Dick, que había empezado a sentir una extraña sensación mezcla de curiosidad y deseos de desaparecer de allí, intervino entonces.

– ¿Qué es lo que te ocurre, papá?

– Algo malo pasa con mi páncreas.

Dick, que en ese momento sintió cómo unas espectaculares cataratas de lágrima se precipitaban hacia sus ojos, se mordió el labio superior y contuvo la respiración un segundo. Entonces de su boca salió una palabra que él estaba deseando no oír. Y sin embargo, fue él quien la pronunció primero.

– ¿Cáncer?

– Eso creen.

– ¿Eso creen? – inquirió Dick casi sin darse cuenta de que se estaba dando una cierta esperanza – ¿Acaso no están seguros todavía?

– No… bueno, sí… están seguros. Me han hecho varias pruebas y han llegado a esa conclusión. – respondió John de manera algo insegura, como un niño al que lo han pillado en una mentira. Y añadió:

– Y además, mi hígado también parece afectado por el mismo mal, aunque de forma más leve.

– ¡Dios mío, papá! Pero, ¿cómo es posible? ¿Desde cuándo lo sabes? ¿Desde cuándo te estás tratando?

Dick no podía ya contener más las lágrimas y éstas comenzaron a aflorar por la comisura de sus ojos.

– Hace un mes que me lo diagnosticaron – sentenció John. – Y no parece haber mucho que hacer para paliarlo.

Dick no podía articular palabra mientras las lágrimas corrían velozmente por sus mejillas.

– Hay unas pastillas que estoy tomando y que se supone harán que lo que me queda de vida sea lo menos traumático posible para mí – siguió John. – Y saben a rayos, ¡demonios! – terminó intentando quitarle hierro al asunto.

Dick no reaccionaba. Estaba como ido, como en otra dimensión, tratando de viajar con la mente a un lugar donde no hubiera enfermedades y donde su padre no acabara de decirle que tenía cáncer.

John alargó el brazo y cogió las manos de su hijo, que se encontraban entrelazadas, intentando darle calor y hacerle sentir, sin pretenderlo conscientemente, que todavía estaba vivo.

– No te preocupes. voy a aprovechar el tiempo que me queda y voy a viajar. Tengo algo de dinero ahorrado, nunca he sabido muy bien para qué, y creo que ha llegado el momento de darle un uso práctico. La semana que viene me voy a Francia. Ya estoy harto de ver ciudades del mundo en las fotos que tú me traes de tus viajes. quiero contemplar por mi mismo las maravillas que mi hijo ya ha visto y, por qué no, otras que incluso tú no conozcas.

Dick, que casi no había oído lo que su padre acababa de decirle, volvió por un momento en sí y preguntó con desesperación:

– ¿Seguro que no se puede hacer nada? ¿No es operable?

– Me temo que no – contestó John con la resignación de quien ya hace tiempo que ha aceptado su destino.

Dick se limpió algunas de las lágrimas que bañaban su rostro con el reverso de la mano derecha y volvió a preguntar, esta vez con un tono de incertidumbre y miedo, como no queriendo saber la respuesta.

– Y ¿cuánto tiempo…?

– Bueno, de eso sí que no están seguros del todo. Por lo visto depende de cada persona, pero en mi caso me han dado entre tres y cuatro meses, los cuales, bien aprovechados, seguro que dan para mucho – contestó John con una sonrisa algo forzada.

Dick, que todavía no podía creer lo que su padre le estaba contando, se encontraba petrificado en la silla, con la mano izquierda asida a la de su padre encima de la mesa y la derecha, que había usado para limpiarse un poco las lágrimas, dejada caer sin fuerza alguna sobre su pierna. Su rostro reflejaba toda la perplejidad e impotencia que generaría una noticia de este tipo y envergadura en cualquier ser humano normal. Estuvo así, quieto y en silencio, durante unos instantes que parecieron eternos.

Al final se levantó, se acercó a su padre y lo abrazó con tanta fuerza como nunca antes recordaba haberlo hecho.

Más en el libro…    ; )

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